10.2.09

¡Juá!

.
A uno lo empuja la necesidad de ver, al ver, conocer, al conocer, comprender, al comprender, vivir ese conocimiento. El Bosque, y más aún si es semisalvaje, nos ofrecen todas esas posibilidades, a pesar de la incertidumbre. Uno es valiente pero desconocer qué tipo de habitantes pueden aparecer hace que esa valentía le ceda el lugar a esa otra actitud a la que le podemos llamar ¿recelo? Además si caminamos el Bosque (hay Bosques y Bosques) acompañados de niñas y niños, debemos tener mucho cuidado. La prudencia sobre todas las cosas.
¿Vamos caminando o a caballo? Primero nos pusimos de acuerdo. La resolución fue unánime, nos miramos, la mirada ayuda a que aparezca el espíritu: ¡vamos a caballo! Avanzamos, aquel Bosque ¿tenía confines? Uno puede tener más de una actitud “visitando” un Bosque. Puede sentirse “pariente” de los árboles (deben tener sensibilidad) había un vecino (ahí, en Santa Inés, Misiones, viejito él) que afirmaba que algunas plantas se secan por sentirse tristes. Yo, no lo discuto, lo desconozco.
No se si estaba bien que sutilizara tanto, pero me encantaba la conversación de los chicos, que eran una parte de la grandeza del Bosque, las preguntas de los más chicos eran impensadas: “¿cómo se comunican los animales?” “¿cómo saben dónde viven para volver a su casa?” El abuelo intentaba darles respuestas claras, simples, yo, prefería escucharlos, me divertía lo que imaginaban... “Todos los seres somos máquinas, las flores, los pájaros, todos los animales somos como máquinas,” dijo Eloy, ¡juá! “¿qué, nosotros también?” Preguntó Benito, “Eso dice mi maestro” le respondió Eloy “¿Sabrá?” repreguntó Benito ¡juá! Marcos cambió de tema, a mi me sorprendió. No esperaba ese comentario de un niño de catorce años: “Todos hablan sobre el fin del mundo ¿ocurrirá?” ¡juá! “¿o será que alguno quiere que se termine?” “y, siempre hay un interesado, sería una buena noticia para la televisión” fue la ocurrente respuesta de Paulo. ¡juá!. El que se reía de esa manera, tan original, con un solo juá, me había llamado la atención, observaba todo y no decía una palabra, sólo festejaba los dichos de los otros pibes con un ¡juá! Se llamaba Antolín.
Una nube de mariposas, inundaba el claro del Bosque. La orquesta de las aves nos endulzaba los oídos, si así se puede expresar la grata sensación que producen sus trinos. Ya casi salíamos del Bosque.
En el grupo de chicos quedó como hecho sobresaliente la risa de Antolín, a partir de aquel paseo, ese fue el nombre que le quedó, lo llamaban ¡Juá!...

Ángel Catalano

No hay comentarios: