24.2.09

Baires Hoy

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No es paranoia. Seguro. Pero es algo más que precaución. No quiero decir que fuese miedo, por qué no queda bien, pero con todas las cosas que están pasando en el barrio, uno andaba de noche (ahora también de día) con gran precaución y mirando para atrás, como si fuese un perseguido.
Las precauciones parecen pocas después de lo que le paso a Ximena. Un compañero de trabajo insistió en llevarla hasta la casa porque el sol ya se había escondido, y al detener el auto, cada uno de ellos sintió –él del lado izquierdo, ella del lado derecho– sendos metales fríos en sus cabezas. Lograron mantener una aparente tranquilidad y entregaron todo sin resistencia, pensando sólo en el pellejo.
Éste y otros cercanos relatos me vinieron rápidamente a la mente cuando, bajo una fría garúa, rumbo a mi casa lo vi a menos de una cuadra.
A una velocidad imposible circularon por mi imaginación numerosas posibilidades: la primera fue el cálculo de los metros hasta la puerta de mi casa, y si podría llegar antes que él. Me di cuenta que no porque estábamos a una distancia similar y él era más joven y de piernas más largas. Seguidamente resolví retroceder, pero ¿hacia dónde? La avenida más cercana estaba a casi tres cuadras, pero no era imposible y me animaba a correr, pero justo en una relojeada hacia atrás vi, a menos de 70 metros otro que avanzaba con la misma seguridad del que venía de frente.
El pensamiento siguiente fue tocar el timbre del vecino más cercano, pero estimé que nadie me iba a atender porque después de las 20:30 ¿quién abre una puerta? ¿Gritar? No. Por varios motivos: primero porque no es de machos, segundo porque no tendría volumen suficiente ya que hasta la garganta se me había subido una especie de nudo, y el más convincente ¿saldría alguien a ver que pasaba? Creí que no.
Mientras tanto él avanzaba, con paso displicente pero firme, con esa firmeza que tienen los ganadores, los que no sienten miedo, o aquellos que ya están jugados y de vuelta de todo. El reflejo por el agua en su ropa me permitió levaba una chaqueta o un camperón de cuero, ¿y las manos? ¿Cómo llevaba las manos?
En la izquierda parecía tener algo así como un pequeño portafolio sin manija, y no pude dejar de deducir que ahí podría tener el aparato de "trabajo".
Cada vez más cerca. Y de repente ya no pude verle la cara porque la pobre luz de la calle había quedado detrás de él, y cada vez más cerca.
Trate de tranquilizarme y hacerme la idea de que no habría violencia, y me puse a hacer el balance de lo que iba a entregar: el anillo de casamiento, el reloj, recuerdo del viejo, el ronson dorado, 230 pesos, pero lo pero de todo los papeles que llevaba en el portafolios, y lo documentos, con todo el incordio que significa obtener los duplicados. Pero también rápidamente me dije, ¿que te importa todo eso si decide hacerte boleta? Y en menos de un segundo vi la cara de todos y cada uno de la familia, de los amigos, y yo, que me la doy de católico ni me acordé de rezar, y sólo pensé en el "flaco" cuando lo tenía encima. Estaba a menos de tres metros cuando se soltó los botones del camperón, llevó su mano derecha hacia la cadera de ese lado y desenfundó su teléfono celular. Marcó y al pasar a mi lado habló: Quedate tranquila querida que ya estoy llegando a casa.


Domingo Delledera

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