26.1.09

Mi infancia en la ciudad de cristal

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Quisiera tomar el tren para volver a mi pueblo.
Sentir el olor a menta que hace tanto que no siento
y la nariz apretada contra los vidrios, sabiendo
que es el olor a mi infancia que en la memoria conservo.
Al llegar a la estación buscar el nido paterno,
con su larga galería, en alto como el hornero,
y encontrar las madreselvas con su dulce néctar dentro,
trepándose por las verjas, cuidadas con tanto esmero,
por las manos de mi madre que para todo hacía tiempo.
Habitaciones enormes. En su sitio el violoncello.
Detrás de los ventanales las campanillas subiendo,
y en otro patio la parra y la cocina que aún sueño,
con la familia reunida al calorcito del fuego.
Y los regalos de Reyes en aquel sótano abierto,
donde una que otra clueca ocultaba sus polluelos.
Alguna tarde ocupé de mi muñeca el asiento
y en mano de mis hermanas paseé por el carretero.
Recuerdo aromos, jazmines y retamas floreciendo,
y de la cristalería que daba trabajo al pueblo
niños y esposas llevándoles a sus hombres el almuerzo.
El césped verde del parque con su pileta y sus juegos,
y los abetos cargados con regalos navideños.
Sólo tenía siete años y sin embargo, confieso,
que al venir a Buenos Aires deje mi infancia en el pueblo.
Y pienso: ¿por qué no voy? Y creo que tengo miedo.
Al sabor de la nostalgia. A revivir tiempos viejos,
y a enfrentar ese pasado que hoy sólo está en mi recuerdo,
y que se quiebre en mis manos, como un cristal contra el suelo.

Leonor Fumarola
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1 comentario:

Anónimo dijo...

Qué bella y nostágica evocación de la infancia.
¡Ay, Leonor! Si pudiéramos volver a la edad y no sólo a los lugares...
Cariños
María Rosa León