2.1.09

Liberación

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Lucas había recuperado su libertad después de haber padecido, durante años, el asfixiante asedio de una irritante convivencia.
Para su infortunio, era un hombre que vivía obsesionado por infinidad de miedos. Temía a la oscuridad, a los accidentes, a las enfermedades y a la muerte, por supuesto.
Era, en extremo cauteloso. Al retirar ollas y pavas del fuego, se ubicaba a desmesuradas distancias de las hornallas. En invierno, para eludir resfriados y gripes, tomaba la precaución de clausurar las ventanas tapando, con minuciosidad, todas las ranuras. Mientras lo hacía mascullaba, en soliloquio, cual letanía:
—¡Aire de fisura, aire de sepultura...!
A diario, revisaba con insistencia enchufes y llaves de gas. En su departamento había muchos barandales y ninguna alfombra. Jamás usaba pantuflas, sólo zapatos con suelas de goma. Los días lluviosos, evitaba salir ante la eventual posibilidad de sufrir algún peligroso resbalón.

Un domingo por la mañana, se despertó muy animado. Eximido de los sofocantes lazos matrimoniales, sintió el irrefrenable deseo de disfrutar la incomparable placidez que le proporcionaba su liberación. El día era espléndido y decidió dar un breve paseo. Eligió con esmero su ropa de abrigo. Para la ocasión, estrenó una colorida bufanda a rayas, apropiada a la brisa que se había instalado insistente y pugnaba por permanecer, más allá de la estación otoñal.
Antes de ausentarse, Lucas controló, con extrema minuciosidad, la cerradura de la puerta. Evitó tomar el ascensor. Cómodamente instalado en sus mórbidas zapatillas antideslizantes, bajó los dos pisos que lo separaban de la calle y se dirigió hacia la salida.
A través de la mirilla, vislumbró algunas hojas tardías que se desprendían de los árboles. Parecían revolotear alegres antes de posarse, en la acera, junto a sus compañeras.
Aspiró con profundidad y sintió el aire expandiéndose en sus pulmones. Con una renovada autonomía, abrió el señorial pórtico y dio unos breves pasos. No más… Desde el quinto piso, una rústica maceta, coronó su cabeza. Abruptamente, todos sus temores se desvanecieron.

Viviana Walczak

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