29.12.08

Rojo

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Ana dejaba el andén a tientas. Indecisa caminó por los pasillos largos de su miedo.
Candó los dientes como para darse coraje y apretó contra sí, un bolso casi vacío.
Ana miró el paisaje desierto. Los pinos, vestidos de rojo, atestiguaban y las rocas repetían el sonido del disparo-enigma.
Siguió con pasos repetidos el camino del regreso, sintió el sol escarbándole los labios, revolviéndose en sus hombros caídos. -¡No volveré atrás! - se dijo y apuró el paso.
El paisaje ahora era distinto, los pinos quedaban a su espalda, las piedras guardaban silencio y el cielo se espesaba en sus ojos para cubrir los recuerdos, inspiró profundamente; el olor a primavera la penetró, los pájaros trinaban para ella, se sintió mejor, todo estaba bien ahora, era preciso seguir… seguir.
El cielo empezó a desdibujarse en el torrente salino de sus lágrimas. Como reptiles pegajosos, los recuerdos, se abrazaban a su cuerpo; clavó las uñas en su mano y el hilo de sangre le nubló la mente, le manchó los ojos, la regó de miedo.
Ana corrió por su pasado que volvía, que trepaba por su cabeza transformado en un ruido estrepitoso que le estallaba en los oídos, como aquel grito, el último antes del silencio y después del disparo de nadie, después del disparo-enigma.
“¡Atrápenlo, ahí va!”-Pero todos corrieron al cuerpo caído, al cuerpo querido, como corrió ella con las manos llenas de olor a sueños; sus manos que no llegaban, que no podían, estáticas e impotentes, mientras él desandaba su paisaje.
Alguien despegó esas manos del cuerpo querido, ese alguien dijo que Ana abrió su blusa y mojó sus pechos con la sangre de él. Después: los gritos y su corrida hacia el acantilado, pero, le salvaron la vida, como en las historias, justo a tiempo.
Ana pensó en las respuestas en suspenso y su reiterada pregunta.
-¿Quién lo mató y por qué? -¿Quién lo mató y por qué? - Siguió el camino con los ojos entrecerrados y las uñas, ahora, hundidas en el bolso. Todo volvía a invadirse de rojo y de espanto y de aquel ruido seco, el del disparo- enigma.
Cada uno de sus pasos penetraba en un charco bermellón y le pesaba el mundo sobre los párpados, se miró las manos y los pies, estaban tintos en sangre, cayó al suelo, el bullicio de una bandada de pájaros la volvió en sí, el charco bermellón había desaparecido, ella estaba limpia, tragó saliva y continuó andando.
Ana llegó a las rejas con herrumbre, todo estaba igual: los jazmines, el árbol del amor, como ambos solían llamarlo, el cisne de piedra, el largo camino de lajas; se acercó, empujó la reja entreabierta y entró. Ahí estaba, frente a ella, el retazo del amor jugando con su triciclo; el niño de los dos, de ojos café y bucles copiosos.
Lloró el regreso sobre la cara del pequeño, juntó palabras pero sólo atinó a escucharlo.
-¡Mami, mami, por fin viniste! Me dijo la abuela que donde estabas, no pueden entrar los chicos, pero yo quería verte mami.
Ana asintió y le dolió la garganta, abrió pesadamente el bolso y sacó un osito sucio, sin un ojo, con una pata cosida y se lo dio al niño diciendo: - Éste era un príncipe muy guapo a quien una bruja convirtió en muñeco, ha sido mi amigo desde siempre, tómalo, ahora es tuyo. -El niño algo incrédulo lo tomó, de pronto Ana vio una marea roja avanzando hacia su hijo, corrió hacia él, lo apretó en sus brazos que ya se teñían de rojo, alucinada buscó el viejo coche, lo puso en marcha y abrazando a su hijo, avanzó por el camino y sin mirar atrás, se lanzó al acantilado.

María del Carmen Poyo Martínez

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1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy emotivo y profundo...me gustó.
Boris Gold