29.12.08

El desalojo

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LA HABÍAN LLAMADO a la administración hacía ya un mes, informándole que tenía que irse.
A la noticia, que la devastó, optó por no asimilarla; siguió su rutina, negando la posibilidad de que le obligaran a cumplirla. Ese era su mundo, ahí trabajaba y estudiaba, y su amable temperamento la había transformado en un referente natural en esa vecindad donde había tan pocos. Logró entre sus pares, una especie de alto el fuego, diluyendo las rencillas.
Su mundo estructurado y previsible, se veía amenazado por el aviso. Ella, tan valiente, con cobardía hacía que sus pensamientos huyeran como ardillas en un laberinto.
Esas cuatro paredes eran su certeza. Los latidos de su corazón se detenían con la sola idea de una vida peor y solitaria.
Estaba pagando su deuda, y por primera vez en su vida estaba en paz. Disfrutaba los pocos momentos de deporte y de sol, que le permitían sus ocupaciones; luego, se sentaba en la penumbra de la capilla, agradecida por haber encontrado su lugar.
Daniela, su compañera de cuarto, facilitaba su felicidad. Menuda y dulce, le hacía recordar a aquella hermana menor que se fue silenciosa una tarde de primavera, a pesar de sus esfuerzos para salvarla. Un sudario de lágrimas había cubierto su cuerpito, en aquel abrazo fraterno y final. Entonces, la soledad la hizo errática, como un cometa en busca de su cielo, que finalmente encontró, y que ahora debía abandonar.
Tenía marcado el día en el calendario, como un boleto con fecha de vencimiento, que la llevaría a la nada. Repartió sus pocas pertenencias, un reloj encontrado, la moneda china perforada que colgaba desde siempre de su cuello, un pañuelo que había bordado entre sueños y pesadillas.
Llegó el día. Con las manos y el corazón vacíos, cruzó el portón verde. Un mundo de sonidos la recibió, Reflexiva y triste caminó unas cuadras, y, repentinamente, su alma se extasió ante la lógica de una solución para su soledad. Con renovado brío marchó, ya sabía como podía volver.
Antes de dar vuelta la esquina, miró por sobre su hombro, lo que fue su hogar durante diez años, y murmurando «hasta pronto», se despidió de la cárcel de Devoto.

Chela Salas

Cuentos de invierno. Ediciones AqL. Diciembre 2008.
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