29.12.08

Amaxac

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Suspendo – dejo – pienso
sueño – me dejo estar


Amaxac, río frío
Mar de las Pampas
que se estanca verde
permanencia de árbol
savia
sangre
vida
ruta hacia arriba
que no siempre es ascenso
con los ojos abiertos
me pierdo en colores
me fundo en vagos sueños
me abandono en regazos
de ancestrales cunas
madre – tierra – universo
suspendo – dejo ¿pienso?
no, no pienso
me entrego

Graciela Zolezzi
México, D.F. 20-09-04
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La poeta

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Todos se apartan de ella,
-huele a orín- dicen.
La llevan al jardín que no es tal
donde depositan los viejos olvidados
y se queda con la ilusión y la vista
perdidas, vaya a saber en que año.

Huele a orín, dicen, no retiene
de todo se olvida, oye poco
y le tiemblan las manos.
¡Da un trabajo!

Pero llega la pequeña enfermera
esa, del cabello ondulado...
empuja suavemente el sillón tarareando,
le cambia los pañales, la perfuma y...
además, sabe que esa abuela necesita
birome y papel para escribir poemas...
aún, con las manos temblando.

Matilde López Camelo

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El álbum de fotos

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EN ALGUNA PARTE DE MI CASA está guardado un álbum con recuerdos gratos de la vida de la familia, fotografías muchas de ellas en tono sepia y otras mas gastadas por el tiempo y aunque uno siga a través de ellas las distintas etapas que les tocó vivir sabemos que eso no es cine sino fotografía.
No hay mas que momentos felices, nadie quiere guardar fotos de las tristezas y entonces van pasando junto con las páginas las fotografías de los bautismos, los cumpleaños, el primer día de escuela, niños que parecen angelitos en el día de la primera comunión, recuerdos de la secundaria, novios felices y novias esplendorosas durante la boda y la familia reunida en los aniversarios para volver a empezar con las fotos de la nueva generación.
Entonces nos damos cuenta que la vida a la que creemos entender nos atrapa y nos engaña porque guardamos y queremos recordar sólo una parte de ella. Nadie se acuerda del lío que se armó después del bautismo del nieto de la tía Luisa porque la madre tenía un amante y se hacía dudosa la paternidad de Jorge. Al ver la foto de Anita en el día de su primera comunión en la que parece un angelito de Dios, no sé si alguien se acordará de que al crecer se volvió una loca de la guerra matando de disgustos al padre al verla en boca de todos y en brazos de medio barrio. Pero las que a mí me fascinan son las de los tíos abuelos. Son dos fotografías. En una de ellas se lo ve al tío gordo y grandote, con un formidable par de mostachos al lado de una tía que da lástima, flaca, chupada, con la amargura en la cara y el sometimiento en los ojos, dando la impresión de ser un pájaro cautivo ansioso por lograr su libertad, cosa que según me contaron era cierta porque parece que el tío la cagaba a palos cada vez que volvía de un café en donde se encurdelaba en compañía de otros tanos, hasta que un día la pobre tía sacando fuerzas de su debilidad, desesperada se armó de un rebenque con el cual una noche en que el viejo volvió con una mamúa flor le sacudió una paliza fenomenal, tanto que tuvieron que acudir los vecinos atraídos por los gritos, le sacaron de las manos el rebenque, la calmaron y llevaron al tío desmayado al hospital. Dicen que él no volvió a pegarle y en la otra foto que según tengo entendido es posterior a la paliza, se la ve a la tía con otra expresión en la cara y es más intenso el brillo de sus ojos.
Todo esto va pasando ante mí al dar vuelta las páginas de este álbum de fotos de instantes fijos, con gente sonriente, feliz, bien vestida para la ocasión y queriendo poner una cara positiva ante la vida.

Marta Besednjak

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El desalojo

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LA HABÍAN LLAMADO a la administración hacía ya un mes, informándole que tenía que irse.
A la noticia, que la devastó, optó por no asimilarla; siguió su rutina, negando la posibilidad de que le obligaran a cumplirla. Ese era su mundo, ahí trabajaba y estudiaba, y su amable temperamento la había transformado en un referente natural en esa vecindad donde había tan pocos. Logró entre sus pares, una especie de alto el fuego, diluyendo las rencillas.
Su mundo estructurado y previsible, se veía amenazado por el aviso. Ella, tan valiente, con cobardía hacía que sus pensamientos huyeran como ardillas en un laberinto.
Esas cuatro paredes eran su certeza. Los latidos de su corazón se detenían con la sola idea de una vida peor y solitaria.
Estaba pagando su deuda, y por primera vez en su vida estaba en paz. Disfrutaba los pocos momentos de deporte y de sol, que le permitían sus ocupaciones; luego, se sentaba en la penumbra de la capilla, agradecida por haber encontrado su lugar.
Daniela, su compañera de cuarto, facilitaba su felicidad. Menuda y dulce, le hacía recordar a aquella hermana menor que se fue silenciosa una tarde de primavera, a pesar de sus esfuerzos para salvarla. Un sudario de lágrimas había cubierto su cuerpito, en aquel abrazo fraterno y final. Entonces, la soledad la hizo errática, como un cometa en busca de su cielo, que finalmente encontró, y que ahora debía abandonar.
Tenía marcado el día en el calendario, como un boleto con fecha de vencimiento, que la llevaría a la nada. Repartió sus pocas pertenencias, un reloj encontrado, la moneda china perforada que colgaba desde siempre de su cuello, un pañuelo que había bordado entre sueños y pesadillas.
Llegó el día. Con las manos y el corazón vacíos, cruzó el portón verde. Un mundo de sonidos la recibió, Reflexiva y triste caminó unas cuadras, y, repentinamente, su alma se extasió ante la lógica de una solución para su soledad. Con renovado brío marchó, ya sabía como podía volver.
Antes de dar vuelta la esquina, miró por sobre su hombro, lo que fue su hogar durante diez años, y murmurando «hasta pronto», se despidió de la cárcel de Devoto.

Chela Salas

Cuentos de invierno. Ediciones AqL. Diciembre 2008.
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Árbol

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Estoy libre de cosas y otras cargas
bajo la melodía de tus hojas.
Árbol, anciano vigoroso
que me recibes y me acunas,
restañando el peso de mi historia,
en la sencillez de tu silueta
que trepa buscando el infinito,
trayéndonos a Dios bajo tu forma.
Después de tórridos veranos
dorados otoñales te despojan,
de la belleza de tu estirpe.
La vida mientras tanto
trenza el mapa de tu tronco
donde han quedado las huellas
del descanso, de algunos caminantes.
Mi marca también te pertenece
por el momento de paz que me has brindado,
en medio de tardes calurosas.
Ese instante reparador de la memoria
en que la fragilidad desaparece
cuando todo es azul,
cuando la luz se apodera del presente
y surge entonces la fuerza
vestida de esperanza.

Elena Fassio

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Constantes de Howard


Constante Nº 34
La intuición femenina es ridícula, emocional, ilógica, absurda e infalible.
Por ejemplo: cuando alguien pregunta a su mujer «¿Qué te pareció Fulano?» y ésta, frunciendo ligeramente el labio superior murmura...
—Mmmmmmmmmmm.
...es momento de revisar en profundidad la relación con Fulano, pues el futuro conflicto es cierto e inevitable.


Constante Nº 77
Lo bueno de cada día, es que siempre termina.
Hay días negros. Días que parecen signados por la fatalidad. Pero deben ser transitados por más que nos desagrade. Cuando ésto sucede, conviene tener presente que, de algún modo, el día terminará y al siguiente sólo será un mal día de ayer.


Constante Nº 137
Vergüenza es robar (y que te descubran) / [Dicho completado]
En los tiempos que corren, la conciencia ha dejado de ser el acusador implacable e incorruptible. Ha pasado a ser una compañera adormilada y permisiva.
Se puede vivir lo más bien con el pecado, salvo que te pesquen en él y pases a ser señalado por quienes han pecado tanto como tú pero, por hacerlo mejor, no han sido descubiertos.

Jorge P. Howard
Constantes de Howard. 2da. Ed. Ediciones AqL. Diciembre 2008.

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Letanías de la tercera edad

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De los temblores,
líbranos, Señor.

De la desmemoria,
líbranos, Señor.

De los menosprecios,
líbranos, Señor.

Del desequilibrio,
Líbranos, Señor.

De la soledad y del olvido,
líbranos, Señor.

De la merma de los sentidos,
líbranos, Señor.

Del deterioro y las humillaciones,
líbranos, Señor.

De las marginaciones y la indiferencia,
líbranos, Señor.

A morir jóvenes
pero dentro de mucho tiempo,
ayúdanos, Señor.
Amén

María Rosa León
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Reflexiones...

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Si debiera explicar una ausencia... pintaría un andén vacío.

Que nunca se borre esa estela de tristeza que dejó tu partida, tal vez algún día ella misma me lleve nuevamente a vos... pero en alegría.

Huyó del lugar del hecho dejando dos pruebas palpables del delito, un corazón muerto y un sensual perfume... que nunca se fue.

Desde lo alto de su soberbia, los hombres sólo ven sombras... nunca individuos.


Boris Gold
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La Depi jet 200

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Dedico estos cuentos a la memoria de Mane Bernardo.
Todos los veranos, iba al campo a visitar a mi abuela María. Pero el verano del ‘83 fue distinto, porque yo llevaba en mi cartera el diploma de experta en belleza.
Diploma que la abuela mostraba orgullosa a las señoras del pueblo, consumidoras fieles a los ruleros e ignorantes absolutas de los rizadores eléctricos y del spa.
Todas las tardes, en el patio, se reunían las vecinas de la cuadra a tomarse un amargo con tortas fritas.
En una de esas reuniones, conocí a la Eulogia Ramírez, mujer tosca que tenía tanta vellosidad facial que parecía hija del finado Cafrune. Una especie de lobisón femenino campero.
Sin duda, en su torrente sanguíneo corría algo de estrógeno mezclado con testosterona.
Las señoras escuchaban casi con unción mis relatos sobre máscaras faciales, lápices labiales y cómo nosotras, las citadinas, nos depilábamos las axilas, las piernas y hasta nos hacíamos el cavado.
Les conté cómo las más osadas se hacían el cavado profundo, relato que motivó a que todas cerraron al unísono las piernas, como acto reflejo en defensa a sus partes púdicas.
Un día les mostré mi depiladora manual, lo último en depilación: La Depi jet 200.
Cuando todas las señoras se retiraron del amargo five o'clock, la Eulogia llevándome aparte, me mostró las piernas cubiertas por un bello hormonal y salvaje que había trepado desde los tobillos hasta el pubis, cubriendo totalmente su epidermis.
Mi profesionalismo que va más allá de Daylo plas y que roza con el altruismo, me movió a que le vendiera mi Jet 200 a un módico precio. Una vez concluido el trato, le expliqué rápidamente su manejo.
La Eulogia, con lágrimas en los ojos, me agradeció ese acto generoso y subiéndose al sulky partió.
Apenas llegó a su ranchito, enchufó el aparato y emprendió la tarea
A pesar del dolor que le producía su primera depilación, prosiguió hasta arrancar de cuajo a estos indeseables cilindros de naturaleza córnea, que cubrían miserablemente sus piernas y su autoestima.
Este hecho despertó en ella el coraje necesario para que emprendiera con ahínco el cavado. Pero... En una mala maniobra... la Depi Jet 200 se enredó en su vellosidad púbica.
¡Qué desesperación...! ¿A quién pedirle ayuda?
¿Cómo presentarse ante el médico con el adminículo colgado entre las piernas como el badajo de una campana que golpeara sordamente a sus muslos internos?
¡Qué bochorno!
¿Cómo sentarse en el sulky sin que el citado aparato depilara "involuntariamente" su vagina?
¿Cómo explicarle a su futuro esposo la virginidad perdida?
Entonces la Eulogia tomó una decisión y con las piernas abiertas, fue caminando derechito al baño y tomando una tijera del botiquín cortó el vello enredado.
La Depi Jet 200 quedó vibrando por un rato en el suelo hasta que un hachazo certero terminó con la vida útil de la satánica depiladora.

Adriana Mónica Suárez Blas

Lunes al atardecer. Antología de la Bib. Pop. Bdo. Delom.
Coordinador: Santiago Espell. Diciembre 2008.
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Las manos de mi madre

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blancas manos
manos blancas como alcatraces
piel delicada
manos tibias de sol de luna
eclipsan de amor tus manos
manos de artesana
manos de adhesión
manos que miman
con caricias educan
estrellas tus manos
manos de ángel
de cielo tus manos (madre)
ajadas hoy tus manos
despiadado tiempo
arrasas inclemente
manos igual de bellas
corazón latente tus manos
manos de maga
manos de ternura
me sonríen tus manos
vuelan como palomas
al señalar el cielo
calman temores
cuentan historias
saben de amores
tus manos mamá
cómo olvidarlas

–aún las siento–

Alejandra Arqués Arranz
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Rojo

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Ana dejaba el andén a tientas. Indecisa caminó por los pasillos largos de su miedo.
Candó los dientes como para darse coraje y apretó contra sí, un bolso casi vacío.
Ana miró el paisaje desierto. Los pinos, vestidos de rojo, atestiguaban y las rocas repetían el sonido del disparo-enigma.
Siguió con pasos repetidos el camino del regreso, sintió el sol escarbándole los labios, revolviéndose en sus hombros caídos. -¡No volveré atrás! - se dijo y apuró el paso.
El paisaje ahora era distinto, los pinos quedaban a su espalda, las piedras guardaban silencio y el cielo se espesaba en sus ojos para cubrir los recuerdos, inspiró profundamente; el olor a primavera la penetró, los pájaros trinaban para ella, se sintió mejor, todo estaba bien ahora, era preciso seguir… seguir.
El cielo empezó a desdibujarse en el torrente salino de sus lágrimas. Como reptiles pegajosos, los recuerdos, se abrazaban a su cuerpo; clavó las uñas en su mano y el hilo de sangre le nubló la mente, le manchó los ojos, la regó de miedo.
Ana corrió por su pasado que volvía, que trepaba por su cabeza transformado en un ruido estrepitoso que le estallaba en los oídos, como aquel grito, el último antes del silencio y después del disparo de nadie, después del disparo-enigma.
“¡Atrápenlo, ahí va!”-Pero todos corrieron al cuerpo caído, al cuerpo querido, como corrió ella con las manos llenas de olor a sueños; sus manos que no llegaban, que no podían, estáticas e impotentes, mientras él desandaba su paisaje.
Alguien despegó esas manos del cuerpo querido, ese alguien dijo que Ana abrió su blusa y mojó sus pechos con la sangre de él. Después: los gritos y su corrida hacia el acantilado, pero, le salvaron la vida, como en las historias, justo a tiempo.
Ana pensó en las respuestas en suspenso y su reiterada pregunta.
-¿Quién lo mató y por qué? -¿Quién lo mató y por qué? - Siguió el camino con los ojos entrecerrados y las uñas, ahora, hundidas en el bolso. Todo volvía a invadirse de rojo y de espanto y de aquel ruido seco, el del disparo- enigma.
Cada uno de sus pasos penetraba en un charco bermellón y le pesaba el mundo sobre los párpados, se miró las manos y los pies, estaban tintos en sangre, cayó al suelo, el bullicio de una bandada de pájaros la volvió en sí, el charco bermellón había desaparecido, ella estaba limpia, tragó saliva y continuó andando.
Ana llegó a las rejas con herrumbre, todo estaba igual: los jazmines, el árbol del amor, como ambos solían llamarlo, el cisne de piedra, el largo camino de lajas; se acercó, empujó la reja entreabierta y entró. Ahí estaba, frente a ella, el retazo del amor jugando con su triciclo; el niño de los dos, de ojos café y bucles copiosos.
Lloró el regreso sobre la cara del pequeño, juntó palabras pero sólo atinó a escucharlo.
-¡Mami, mami, por fin viniste! Me dijo la abuela que donde estabas, no pueden entrar los chicos, pero yo quería verte mami.
Ana asintió y le dolió la garganta, abrió pesadamente el bolso y sacó un osito sucio, sin un ojo, con una pata cosida y se lo dio al niño diciendo: - Éste era un príncipe muy guapo a quien una bruja convirtió en muñeco, ha sido mi amigo desde siempre, tómalo, ahora es tuyo. -El niño algo incrédulo lo tomó, de pronto Ana vio una marea roja avanzando hacia su hijo, corrió hacia él, lo apretó en sus brazos que ya se teñían de rojo, alucinada buscó el viejo coche, lo puso en marcha y abrazando a su hijo, avanzó por el camino y sin mirar atrás, se lanzó al acantilado.

María del Carmen Poyo Martínez

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